El carmen de la Fundación Rodríguez-Acosta, el carmen inspirado en un cuadro

¿Conoces el Carmen del Mauror? ¿El Carmen de la Fundación Rodríguez-Acosta? Está situado en la Colina del Mauror o de los “aguadores”. A pesar de ser una construcción muy joven, en 1982 fue declarado Monumento histórico Nacional. Detrás de él hay una historia preciosa de amor a la pintura. De hecho, quien fuera su propietario, el pintor José María Rodríguez-Acosta de la Cámara, lo diseñó para recrear el cuadro La isla de los muertos, de Arnold Böcklin, ¿quieres saber más?

Rodríguez-Acosta se encuentra con un cuadro que le cambia la vida

José María Rodríguez-Acosta de la Cámara(1878-1941) era hijo de una de las familias más importantes de Granada, con gran protagonismo en el mundo empresarial de la ciudad. Sin embargo, como muchos jóvenes de la época, Rodríguez Acosta dio de lado los negocio, para dedicarse al arte. Enamorado de la pintura, quiso concentrarse únicamente en ella.

Para conseguirlo, no dudó en viajar por todo el mundo. Comenzó por Madrid. Allí conoció a los artistas y escritores más modernos y vanguardistas del país. Pero cruzó la frontera. Los pintores solían viajar por toda Europa para visitar museos, ver lo mejor del arte universal, y para cambiar impresiones con otros compañeros. Por tanto, sus viajes tenían dos objetivos: aprender e inspirarse.

Sin embargo, hubo uno que lo marcó para toda la vida. Hay cierta confusión sobre si sucedió en Berlín o en Suiza, pero lo que sí se sabe es lo que ocurrió. Se trata de su descubrimiento del cuadro La Isla de los muertos, de Arnold Böcklin. El cuadro representa un paisaje nocturno. Hay una pequeña isla, con paredes de roca, llena de cipreses (símbolo de la muerte). En las rocas, se pueden ver agujeros como nichos. Un barquero que transporta a un pasajero interrumpe la soledad de la noche. Esto es importante, porque ya desde la mitología clásica, cuando alguien moría, era precisamente un barquero quien lo llevaba al mundo de los muertos.

 

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Rodríguez Acosta vuelve a Granada: la construcción del Carmen

Los cármenes de Granada son una de sus señas de identidad. Cada uno tiene origen diferente. El Carmen de la Fundación Rodríguez-Acosta es la historia de una obsesión. En 1914, el pintor decide vivir en Granada definitivamente. Lejos de querer descansar, su deseo era hacer la obra de su vida. A diferencia de lo que cabría esperar, esa obra iba a ser arquitectónica: iba a construir un carmen que recreara el cuadro que lo marcaría para siempre. Pensó que sería el mejor lugar para asentarse y encontrar inspiración.

Lo primero fue comprar las propiedades que le permitieran hacerlo. Se instaló en casa de su hermano en la Gran Vía de Granada y en el estudio del pintor Rodrigo Ocampo. Eligió la Colina del Mauror (de los “aguadores“). En un año pudo adquirir 24 casas y corrales, incluso compró al Ayuntamiento el callejón del Río Chico, gracias en parte a que tenía dos amigos que trabajaban allí.

Una vez solucionada la cuestión de la tierra, se inició el proceso de demolición. Se trataba de dejar la zona como un lienzo en blanco, para que este pudiera levantar la versión arquitectónica de La isla de los muertos. Esta parte del proyecto fue la más fácil. La construcción se complicó hasta el punto de que cambió hasta tres veces de arquitecto.

Cómo se construyó el Carmen de la Fundación Rodríguez-Acosta

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Fundación Rodríguez-Acosta

Primera etapa de la construcción del carmen

La primera etapa estuvo a cargo del arquitecto Ricardo Santa Cruz. Rodríguez Acosta le explicó cuál era su deseo, al tiempo que le comunicaba que quería incluir algunas piezas de edificios renacentistas e hispano-musulmanas. El edificio debería tener dos torres, similares a las que vemos en el cuadro y un patio central. Todo ello con una mezcla de estilos muy claros: grecorromano y nazarí.

A pesar del empeño de Santa Cruz, los resultados no llegaban. Las obras apenas avanzaban, por su participación terminó con un despido en 1920.

Segunda etapa: Teodoro Anasagasti

La colaboración fue de dos años (1921-1923).  Anasagasti venía avalado por su propia obra y prestigio. Se habían conocido en las tertulias madrileñas y tenían una buena relación personal. En su caso, optó por una alternativa más alejada de la tradición árabe de Granada. Esto inquietó a Rodríguez Acosta. Él lo tenía muy claro, sabía muy bien lo que quería, por lo el arquitecto debería limitarse a poner en pie su visión.

Tras varias discusiones, finalmente, Anasagasti tuvo que abandonar el proyecto.

Última etapa: Giménez Lacal (1923-1928)

Giménez Lacal era de Granada, hijo de un empresario y arquitecto granadino. Él sí siguió los pasos de su familia y con gran éxito. En aquel momento estaba a cargo de la construcción del carmen del propio hermano de José María. Estaría haciendo un buen trabajo cuando este se fijó en él.

Por fin se entendía con alguien. Desaparecieron los problemas de orgullo y supo llevar a sus planos la imagen que Rodríguez Acosta tenía en la cabeza. La única discusión seria tuvo que ver con el color del edificio. Finalmente, se decidieron por el blanco, quizá pensando que las torres bermejas de la Alhambra fueron blancas, antes de que el tiempo las llevara a ese tono rojizo. La cuestión es que, gracias a esa decisión, recibió el sobrenombre de “El Carmen Blanco”.

A pesar de la grandeza de la obra, en un principio la crítica lo ignoró por completo. Fenómeno que contrasta con lo que decíamos al principio: fue declarado Monumento Histórico Nacional en 1982. Esto convierte al carmen en unos de los monumentos que ha obtenido tal reconocimiento más rápidamente. Hoy puedes verlo cuando visitas Granada. Quien lo hace se queda asombrado por la originalidad y la belleza del mismo.